ISLAM Y OCCIDENTE: TENSIONES, DESAFÍOS Y OPORTUNIDADES.
- L.E. SABOGAL
- 30 oct
- 3 Min. de lectura
En artículos recientes en este blog he manifestado mi admiración por la cultura y el arte islámico, que han enriquecido mis experiencias de viajes y mis reflexiones sobre el devenir de la historia. En este sentido, creo útil aportar a la discusión actual sobre los riesgos y oportunidades del multiculturalismo en los países occidentales, en la que algunos ven peligro ante la “contaminación forzada”, y otros perciben el contacto de culturas como una posibilidad de enriquecer las visiones culturales.

En 1996, Samuel Huntington formuló una de las tesis más debatidas de las relaciones internacionales contemporáneas: El Choque de Civilizaciones. Según su planteamiento, al finalizar la Guerra Fría los principales conflictos no serían de carácter ideológico o económico, sino cultural, debido a las diferencias de valores, visiones del mundo, y modelos de política y moral. Las diferencias culturales, históricas y religiosas serían las que definirían las divisiones y conflictos a nivel mundial; así, consideró que el choque entre Occidente y el mundo islámico sería el principal conflicto de civilizaciones.
Los acontecimientos globales contemporáneos parecen estar dándole la razón: algunos de los conflictos en la segunda mitad del siglo XX y de inicios del siglo XXI hasta hoy, han tenido un trasfondo religioso exacerbado por factores políticos, económicos y étnicos.
Las guerras de Irlanda, Yugoslavia, Líbano, Siria-Irak, India-Pakistán, Israel-Palestina, y otras, han enfrentado sucesivamente a católicos y protestantes, ortodoxos vs católicos, cristianos vs musulmanes, chiíes vs suníes, hindúes vs musulmanes, judíos vs musulmanes, etc. en una interminable senda de conflictos provenientes de visiones culturales y religiosas diferentes, haciendo casi imposible la solución definitiva de los mismos.
Por otra parte, la inmigración musulmana hacia Europa y América ha crecido notablemente desde finales del siglo XX, impulsada por conflictos bélicos, pobreza y persecución política. En países como Francia, Alemania, Países Bajos, o el Reino Unido, la llegada de millones de inmigrantes ha transformado el panorama demográfico y cultural. Esto ha generado tensiones sociales y políticas, especialmente en torno a la integración, la identidad nacional y las políticas migratorias.
Lo anterior no tiene origen simplemente porque “..la religión lo emponzoña todo; incluida nuestra facultad de discernimiento”, como afirmó Christopher Hitchens (God is not Great, 2007). Estoy convencido del valor de las religiones como un sistema de principios éticos y morales que fomentan la cohesión del tejido social y orientan los comportamientos de las sociedades organizadas. El gran obstáculo reside, efectivamente, en el fanatismo religioso y en la interpretación radical de sus preceptos y dogmas.
Veamos el caso evidente que parece amenazar a Occidente en la actualidad: el islamismo radical, cuya aspiración principal y explícita sería la islamización de la sociedad occidental. La oposición entre ciertos valores islámicos y los principios dominantes en la cultura occidental es innegable.
En el islam, la comunidad y la obediencia a Dios (Alá) tienen un peso mayor que el individualismo y la autonomía personal, que son valores de Occidente. Temas como el papel de la mujer, la libertad de expresión, y la separación entre religión y Estado, establecen grandes contrastes.
Mientras el pensamiento occidental promueve el laicismo, la igualdad de género y los derechos individuales, en muchas sociedades musulmanas prevalecen estructuras patriarcales y marcos legales, inspirados en la Ley Sharía; sin embargo, reducir las tensiones entre el islam y Occidente a un enfrentamiento de civilizaciones, sería no reconocer que el conflicto no surge del islam como religión sino como una instrumentación radical de la fe para fines políticos.
El principal punto de fricción surge cuando ciertos preceptos de la sharía presentes en interpretaciones radicales del Corán son incompatibles con las constituciones modernas y los tratados internacionales de derechos humanos. Desde esta perspectiva, permitir la aplicación de la sharía en Occidente sería inviable porque implicaría aceptar un sistema legal paralelo basado en principios teocráticos, lo que generaría desigualdad ante la ley y socavaría los principios básicos de la democracia y el estado de derecho occidental.
Las tensiones entre el Islam y Occidente no son inevitables ni irreconciliables. Más que un “choque de civilizaciones”, lo que el momento actual demanda es un “diálogo de civilizaciones”, basado en el respeto mutuo, la comunicación y la educación intercultural. La verdadera amenaza no es el islam o la inmigración, sino la ignorancia, la intolerancia y el extremismo de los fanáticos religiosos.
El futuro del diálogo entre el Islam y Occidente depende de la capacidad mutua de comprender y aceptar los límites: los musulmanes deben reconocer la autoridad de las leyes civiles de los países donde residen, y las sociedades occidentales deben garantizar la libertad religiosa sin permitir que ninguna fe se imponga como norma jurídica.
El siglo XXI no necesita un choque de civilizaciones, sino un pacto de convivencia donde la fe y la razón, la tradición y la modernidad, aprendan a dialogar sin excluirse. Solo así, la diversidad dejará de percibirse como una amenaza y se convertirá en la base de una convivencia justa, plural y humanista.






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